“¿Lo terminaste?” Carrington se asomó al pasillo desde el baño, secándose el pelo.
Erasmus se sirvió su segunda taza de café. Estaba casi lo suficientemente despierto como para hacer juegos de adivinanzas. “¿Qué cosa, señor Críptico?”
“El libro”
“¿El de la Cábala? Sí. Ayer a la hora de comer.” Erasmus frunció el ceño mientras miraba el frigobar y contaba los paquetes de sangre. “¿Tu pedido llegará pronto? Ya casi se acaban.”
Se escuchó un resoplido en la habitación, de esos que daba Carr cuando se sentía ofendido, pero realmente ofendido, no cuando bromeaba. “Podrías habérmelo dicho. Quería que platicáramos.”
Erasmus estuvo a punto de ahogarse con una carcajada. “¿Habría sido antes de que me tendieras una emboscada con tus manos de pulpo al entrar por esa puerta o cuando me arrastrabas hasta la alfombra porque querías, y cito textualmente, algo sucio y hacerlo en el vestíbulo?”
“¡Tuvimos toda la noche!”
“Te quedaste dormido.”
Carr salió del dormitorio con el uniforme planchado y reluciente, y Erasmus no pudo evitar dar un suspiro suave pero lleno de lujuria. Le encantaba el corte ajustado de ese uniforme y lo excitaba y le frustraba al mismo tiempo verlo a primera hora la mayoría de las mañanas. Todavía no se había ido a vivir con él, aunque a esas alturas no sería más que una formalidad. Cuando Carr trabajaba en el turno de día se quedaban en su casa, de donde Erasmus podía ir a pie al trabajo y, cuando su vampiro trabajaba de noche, Erasmus se iba a la suya porque esos días sus horarios no coincidían en nada.
“Lo lamento muchísimo. Supongo que estaba más agotado de lo que pensaba. Unos carteristas desconsiderados huyeron a la luz del sol.”
“El meteorólogo dice que hoy estará nublado todo el día.” Erasmus le robó un beso suave. “Y al menos los días son cada vez más cortos. Me gustó el libro. No sabía qué pensar del humor de un nigromante, pero fue perfecto. Un tipo de humor muy seco. Vamos a tener que comprar toda la saga. Y no respondiste a mi pregunta.”
“El envío está programado para mañana. Con tiempo de sobra, querido.” Carrington usó la parte frontal reflejante del frigobar para acomodar su ya de por sí recta corbata. “Ojalá pudiera tomarme el día para estar contigo. Quizá debería llamar para decir que estoy enfermo.”
“Tú no te enfermas y si llamaras por una insolación, mentirías y te sentirías mal por eso todo el día. No serías nada divertido.”
“Al carajo contigo y tu inevitable sentido común.” Carr arruinó su mal humor con esa adorable sonrisa insegura, la que solo tiene un destello de colmillo. “¿Estarás aquí más tarde?”
“No me voy a meter en tu sofá para ver reality shows y languidecer hasta que regreses.” Erasmus puso un brazo alrededor de la cintura de Carr y se apresuró a correr antes de que el dolor alcanzara esos ojos de vampiro. “Volveré cuando estés de camino a casa. Voy a ver a mis mamás para almorzar, luego haré unos pendientes. Tengo una vida.”
“Eres un asistente espantoso.”
Erasmus se llevó las manos a las mejillas con un jadeo exagerado. “Creí que tú eras mi asistente.”
Carr le arrojó una servilleta hecha bola, frunciendo el ceño, aunque sus ojos reían. Cogió su sombrero y su lonchera térmica, se abalanzó para darle un beso que le dobló los dedos de los pies a Erasmus y, al salir del apartamento, dio un descarado saludo militar. “Nos vemos en la noche.”
“¡Que tengas un buen día! ¡Cuídate!”
Lo decía cada vez que Carr iba a trabajar y cada vez le daba un pequeño escalofrío. Cuídate. El deseo de cada cónyuge o pareja de todos los agentes de policía que han existido y Erasmus ya sabía lo suficiente como para entender que significaba un Te amo, regresa a mí sano y salvo. La mayoría de los días no pasaba nada peligroso, pero bastaría un mal día…
Es mejor no pensar en esas cosas. Solo crea problemas.
* * * *
“¿Cómo vas? ¿Aun no te duele la cabeza?” Preguntó Amanda mientras tomaba la salida a la Calle Seis de la Avenida Vine.
“Sorprendentemente, me siento bien esta mañana.” Carrington no pudo disimular que estaba orgulloso.
“¿Sí? Parecía que tendrías una mala noche después de atrapar a ese tipo bajo el sol. Después de correr tres cuadras... ¡bajo el sol!”
“Comí y dormí bien. Quizás me estoy aclimatando más últimamente.”
Amanda lo miró de reojo, de forma rápida y condenatoria. “Y te acostaste con él.”
“Definitivamente no es asunto tuyo y no sé ni cómo podrías saberlo ni cómo eso podría ayudarme en algo con el sol.” Carrington se volvió ante un pensamiento incómodo. “No puedes saberlo, ¿verdad? Manda, no puedes ver...”
Lo interrumpió con una carcajada. “No. Tendría que estar en tu casa y concentrarme mucho. Pero tendría mucha más información de la que querría. Es solo que, ya sabes, estás más alivianado y todo eso al día siguiente.”
Carrington resopló. “No estoy alivianado. Pésima elección de palabras. Aunque me pregunto si el sexo mitiga los efectos de la exposición al sol.”
“Supongo que tendrías que hacer pruebas.” Amanda se rio a carcajadas cuando él le dio un empujón. “Lo siento. Hoy me estoy burlando demasiado de ti, Carr.”
“¿Sí?”
“Es bueno verte feliz.”
No fue en absoluto la frase que esperaba. Carrington cerró la boca de golpe, incapaz de procesar una respuesta rápida y, como no se le ocurrió nada ingenioso o sarcástico, murmuró, “Gracias.”
Cuando se estacionó en uno de los cajones de la comisaría, Amanda le dio una palmadita incómoda, obviamente también sin palabras. Estaba bien, se entendían y Amanda no era la más indicada para decir cosas cursis, como ella decía.
La mayoría de los miembros de la brigada ya había llegado esa mañana, una tendencia que se había vuelto cada vez más frecuente. Vance conversaba animadamente con Shira sobre lo que había hecho con sus hijos ese fin de semana. Alguien le había hecho a Audaz un avión de papel para lanzarlo, pero Tim ya le había puesto el ojo. El juego se había convertido en el de una gatita que cogía el avión y salía corriendo con él mientras Tim la perseguía en su casa de papel. Cada vez que lo alcanzaba, ella volvía a salir corriendo.
Krisk levantó su enorme pie para que ambos corrieran bajo su escritorio, sin apartar la atención de su monitor. Carrington no le envidiaba que tuviera que limpiar el correo electrónico tras su prolongada estancia en el hospital. Wolf les estaba diciendo algo a Eva y CC que requería una gesticulación muy compleja.
Por un momento, Carrington se recargó en la puerta y observó con una extraña sensación de orgullo que calentaba el espacio que rodeaba su corazón.
“¿Disfrutando de la vista?” Kyle se detuvo cerca de él al entrar.
“Disfrutando el momento, supongo.” Carrington tragó saliva contra un nudo repentino en la garganta. “Hace dos años, la mitad del escuadrón no podía ver a la otra mitad. A todos les molestaba estar aquí. A penas si podían cumplir con su trabajo. Se quejaban de todo. Ahora míralos.”
“Crecen tan rápido.” Kyle dejó escapar un trágico suspiro mientras sus ojos brillaban. “Sé lo que quieres decir. Créeme. Supongo que el compartir el mismo trauma ayuda mucho.”
“Hum. Seguramente es en buena parte por eso. ¿Dónde está Kash?”
“Le tocó ir por el café. Estará aquí en un par de minutos.” Era adorable cómo se iluminaban los rasgos de Kyle con la simple mención de su esposo. No cabía duda de que había razones más alegres que un trauma compartido para aumentar la armonía en la sala de la brigada.
Carrington se abrió paso entre los escritorios, con cuidado al pasar junto a Audaz y por encima de Tim. Había decidido que el juego había terminado y ahora estaba de pie sobre sus patas traseras con el avión de papel entre los dientes intentando colocarlo encima de la casa de Tim. Animado por los mirones, Tim se inclinó hacia fuera y ayudó dándole palmaditas al avión con su cabeza esponjosa para incorporarlo a su construcción.
“¡Oye, Carr!” gritó Greg desde el otro lado de la habitación. “¡Tu madre está en la línea uno!”
“¿Por qué suena como el principio de una broma macabra?” Carrington dejó su lonchera sobre el escritorio y miró fijamente la luz parpadeante del teléfono de su oficina. “¿No le dijiste que aún no llegaba?”
Greg se movió de forma incómoda. “No voy a mentir por ti. Le dije que acababas de llegar.”
Carrington echó un vistazo a la sala de la brigada para determinar si alguien podría estar dispuesto a ser su aliado, pero Jeff se dio cuenta antes de que pudiera decir una palabra. “Habla con tu madre, Carr, o llamaré por teléfono y le diré que la estás evitando.”
“Abandonado y sin amigos. Ya veo cómo es.” Carrington suspiró mientras se hundía en la silla de su escritorio.
“Reina del drama,” murmuró Amanda.
“Prole con corazón de hielo,” respondió, y luego respiró hondo antes de coger el teléfono. “¿Mamá? Es muy temprano para llamar a la estación. Espero que todo esté bien.”
“Carrington.” Resopló y él se estremeció al oírse a sí mismo en su forma de hablar. “Quería encontrarte antes de que salieras a patrullar.”
Sí. Eso es lo que hago. Patrullar sin rumbo fijo por la ciudad. Esperaba que los ojos en blanco no se filtraran en su voz, aunque Amanda se rio burlonamente. “Ah, sí, ¿en qué te puedo ayudar?”
Mientras explicaba con su voz de lo que digo no está a discusión, a Carrington se le fue agotando el optimismo. “Ciertamente espero poder contar con tu ayuda para hacer los arreglos.”
“Eso es...” comenzó Carrington, tratando de ganar tiempo en lo que su cerebro en modo matutino intentaba analizar esa frase. De todas las cosas que ella podría haber dicho, él nunca habría podido predecir que dijera eso. “Probablemente sea algo que tendrás que hablar con la teniente, ¿no crees?”
“No seas ridículo. Tú ya estás ahí.”
“Presentaré tu propuesta, pero no prometo nada.” Carrington se estremeció y partió un lápiz por la mitad. “¿Será suficiente, querida madre?”
“Es muy temprano para que me hables así, Carrington. Me haces saber lo que diga Mia.”
Carrington colgó y se tumbó en su silla, mirando al techo.
“¿Estás bien?” Amanda echó un vistazo entre los monitores.
“Nunca he estado mejor. Siempre quise ser el intermediario entre mi madre y la teniente Dunfee.”
Amanda se retiró, diciendo entre dientes, “No me estoy burlando. No.”
“Cállate,” murmuró Carrington.
Las burlas de su compañera no le molestaban. Su familia, por otro lado, sin duda lo ponía mal. Lo cansaban tanto, su madre controladora, su padre emocionalmente distante y su hermano idiota. Siendo honestos, mamá tuvo momentos en los que se preocupó por Carrington a su manera, aunque sus prioridades tendían a estar sesgadas.
Carrington se la pasó pensando cómo iniciar la conversación con la teniente durante el pase de lista y, cuando todos se dispersaron para empezar el día, decidió lanzarse al ruedo, esperando no salir corneado.
“¿Señora? ¿Tendría un momento?”
La mirada de la teniente Dunfee podría haberle quitado la pintura a un puente colgante, pero sus palabras no fueron tan duras como él temía. “¿Qué es lo que no puedes mencionar frente a tus compañeros, Loveless? Dime que no has vuelto a meter la pata.”
“No, señora. No tiene nada que ver con las investigaciones.” Vaciló, luchando contra su instinto de golpear el suelo con los pies. “Mi madre llamó esta mañana...”
“Que los dioses nos protejan,” murmuró la teniente Dunfee. “A mi oficina.”
Cuando entraron a la oficina y cerraron la puerta, se obligó a sentarse derecho en la silla frente a su escritorio en lugar de enroscarse en la bola de mortificación como hubiera preferido.
“Disculpas de antemano, señora, por cualquier irritación o inconveniente.”
“Ya dime, Loveless. El suspenso me tiene con los nervios de punta.”
“Sí, señora. A mi madre se le ha metido en la cabeza que nosotros, los de la Setenta y Siete, deberíamos tener una jornada a puertas abiertas. En realidad, no se trata de puertas abiertas como tal, ya que sería por invitación, y sería un evento en el que nuestros, ah, benefactores pudieran venir a reunirse y convivir en una especie de almuerzo.”
“Te refieres a que vean en qué nos gastamos su dinero.”
Carrington se encogió sin querer. “No creo que pueda negarlo. Aparentemente, el Dr. Hayes mencionó algo acerca de visitar la estación la última vez que él y mi madre almorzaron. Adoptó la idea y se fue con ella. Sé que fue hace años, señora, pero tuvimos ayuda...”
Dio un manotazo con un resoplido molesto. “No lo he olvidado. Maldita sea, se lo debemos a algunos de los ricos de abolengo de esta ciudad. Es irritante que invadan nuestro espacio de trabajo, pero decir que no, sería muy mal visto. Y podría costarnos un ojo, conociendo a tu madre.”
“Así es. Posiblemente también la mitad de la cara.”
“Sé que no acudió a ti sin una fecha.” La teniente Dunfee volteó a la pantalla, probablemente para ver los calendarios. “¿Cuándo quiere esto Helen?”
Carrington sacó el pequeño bloc del bolsillo de su camisa. “Mencionó el día trece.”
Las cejas de la teniente Dunfee se fruncieron. “La visita de Valbuena está prevista para esa semana. Aunque tener gente de Paranormal probablemente sea más bueno que malo.”
“Como si hubiéramos invitado a la élite para que les saque provecho,” murmuró Carrington.
“No te creas tan listo. Richard estará en lo suyo, encantando a la realeza local.”
“Hum.” Carrington se tragó todas las tonterías que quería decir sobre Valbuena. No es que odiara al Capitán de la Forja de los Mil Soles como odiaba a algunos de los vampiros de Paranormal. No. Valbuena no era tan malo y era un detective serio y competente. Pero seguía siendo terriblemente prepotente e inflado de sí mismo.
“Dile que la fecha está bien y que confío en que hará los arreglos que considere oportunos. Pero...”
“¿Señora?”
“Eres un agente de la ley, no un vil organizador de fiestas y más vale que lo recuerde.”
“Seré bastante claro, señora.”
“Listo. Ahora, a trabajar. No me traigas más complicaciones.”
“Con permiso, señora.” Carrington tocó el ala imaginaria de un sombrero inexistente en señal de cortesía y huyó.
A fin de cuentas, no fue la peor reunión que jamás haya tenido con la teniente Dunfee.